viernes, 13 de octubre de 2017

La tortuga ecuestre / Testimonio y Homenaje Roger Santivañez

La tortuga ecuestre: 45 años de poesía
Testimonio & Homenaje de Roger Santivanez
En 1973 yo tenia 17 años y estudiaba Artes Liberales en la Universidad de Piura. Ya había optado por la poesía, de modo que cuando viajé a Lima durante las vacaciones de julio, un buen día vi anunciada en el Instituto Nacional de Cultura (INC) una conferencia de un profesor argentino sobre Carlos Germán Belli me apersoné allí esa fría de noche invernal. En los balcones del auditorio en el segundo piso que daban al patio de la Casa de Pilatos (donde funcionaba el INC) -de súbito- empecé a conversar con un muchacho que llevaba un cartapacio bajo el brazo. Nos reconocimos: era el poeta Gustavo Armijos de quien yo ya tenía noticia por su hermano Galo, compañero mío en las aulas del colegio San Ignacio de Loyola en Piura.
Platicamos alegremente de poesía y de la movida poética de los jóvenes en aquel momento cuyo epicentro era el Movimiento Hora Zero. Y -sobre todo- de la revista La tortuga ecuestre que había aparecido poco antes en enero de 1973. Ese primer número llevaba como director a Isaac Rupay, poeta que fue de HZ y que moriría poco después en abril de 1974. Gustavo me explicó que -a la sazón- había disuelto su sociedad con Rupay (ellos habían fundado juntos la revista) y que se aprestaba a continuar editándola él solo, como así fue y sigue siendo hasta la actualidad.
Lo bacán -para mí- fue que Gustavo tuvo la gentileza de invitarme a publicar. Mi corazón se llenó de alborozo ya que eso iba a significar la aparición -por vez primera- de un poema mío en letras de molde. Aquella noche de julio de 1973 salimos juntos del INC caminando por toda la Avenida Abancay -en compañía de otro joven poeta que Gustavo me presentó Jorge Espinoza Sanchez- y departíamos cuadra tras cuadra bajo el imaginario imperio de la poesía, hasta el Parque Universitario donde nos despedimos.
Ya desde Piura, empezamos con Gustavo una relación epistolar constante. Recuerdo que -generosamente- me envió el primer y único número de Eros significativa revista que dirigió Isaac Rupay y en cuyo Comité Editor figuraban Enrique Verástegui y José Cerna. La revista ha pasado a la historia debido a que allí se dieron a conocer los famosos, audaces y valientes poemas de María Emilia Cornejo que forjaron su leyenda. Igualmente recibí los siguientes números de La tortuga ecuestre con material de poetas que conocería en persona poco después como Armando Artega y Oscar Aragón con quienes -más el concurso de Luis La Hoz- lanzaríamos La peca de la jirafa (julio de 1974) y la revista AUKI en marzo de 1975.
Finalizando aquel gratificante 1973 (obtuve el premio de poesía en los Juegos Florales de la UDEP) Gustavo me envió el número 5 de La tortuga ecuestre -correspondiente a diciembre de dicho año- donde apareció mi poema “Elegía” -de clara influencia heraudiana: una de mis lecturas predilectas aquel tiempo-. Grande fue mi alegría: se trataba de mi primer trabajo publicado y poco después leí un comentario sobre este ejemplar de la revista escrito por Nilo Espinoza en su columna de novedades literarias de La Prensa de Lima.
En enero de 1974 viajé a la capital con la intención -siguiendo el consejo de Marco Martos- de trasladarme a la Universidad Nacional de San Marcos para estudiar Literatura. Cuando llegué a Lima visité el Kiosko de mi amigo el Sr. Néstor Jáuregui (papá de Eloy) en el Parque Universitario donde encontré el sexto número de La tortuga ecuestre con -entre otros materiales- poesía de Oscar Málaga. Desde ese momento -y durante toda mi vida en Lima y hasta que cerró el Kiosko de don Néstor- me apersoné puntulamente a adquirir mi ejemplar de La tortuga ecuestre cada vez que -por información de las páginas culturales de los medios- me enteraba que una nuevo quelonio de papel cabalgaba por los predios de la poesía.


Justo es decir que esta publicación -la más longeva de cuantas revistas literarias hay en el Perú- es el más fiel retrato de la historia de nuestra poesía. En efecto, desde 1973 e ininterrumpidamente hasta hoy, el poeta Gustavo Armijos ha entregado su vida -con ardorosa pasión poética- a mantener viva y actual a la mágica tortuga para ir dando cuenta del desarrollo y evolución de la poesía peruana, generación tras generación. Es una contribución indudable que merece destacarse y aplaudirse. Recientemente ha publicado textos de tres voces nuevas: las poetas Patricia del Valle, Nora Curonisy y Eldi Toro. La tortuga sigue cabalgando pletórica de juventud y entusiasmo; esto es motivo de celebración, buen augur y razón de este homenaje.
[Orillas del río Cooper. Collingswood, Sur de Nueva Jersey, octubre de 2017]

Antología en Tiempo Real - Por Bernardo Rafael Álvarez


Un día, en una conversación, escuché a Róger Santiváñez decir, más o menos, esto: “La historia de la poesía peruana de las últimas décadas no puede excluir, de ningún manera, a Gustavo Armijos” (o, en otras palabras, esta historia no podría escribirse prescindiendo de él). Verdad. Aunque haya quienes digan o quieran decir lo contrario, es cierto. Gustavo, no solo como poeta, sino como promotor terco, impenitente, inagotable, de poesía y de poetas.
Y es que desde enero de 1973, sin prisas ni pausas o, perdón, quiero decir con prisa y sin pausa, viene entregándonos lo que sería -digamos- en el léxico de estos días, la antología “en tiempo real” de la poesía peruana; esto a través de una sencillísima pero sólida revista a la que le puso el nombre de uno de los más emblemáticos poemarios de César Moro (el único que nuestro poeta surrealista escribió en francés): La tortuga ecuestre, y cuyo primer número apareció con el nombre de Isaac Rupay –inolvidable amigo poeta que falleció al año siguiente- como Director. Y, por cierto, el sueño de Gustavo (que comenzó a construirse -como él bien lo recuerda- en una mesa del entonces medio inevitable bar Palermo, lugar en el que -como empujados por un designio- confluíamos casi todos: Róger Santiváñez, Armando Arteaga, Guillermo Falconí, Jorge Espinoza Sánchez, Juan Ramírez Ruiz y Hora Zero...los demás) pareció surrealista al principio, pero –andando el tiempo- se convirtió en el empeño más real del que he podido ser testigo. Hasta ahora han pasado cuarenta y cuatro años, pero sus publicaciones ya llevan un año de adelanto o de ventaja (y esto sí es surreal, pero visible y palpable).
Yo llegué a Lima en 1972, y a principios del año siguiente (claro, en el quiosco de don Néstor Jáuregui, en una esquina del Parque Universitario) una de las primeras cosas literarias que vi con alegría –además de Hontanal, la revista que dirigía Roberto Rosario, en la cual apareció el primer poema mío publicado en Lima- fue La tortuga ecuestre. La alegría mía, lo confieso, se debió a que desde allí saltó hasta mi mirada absorta un poema que simplemente me pareció (y sigue pareciéndome) extraordinario y que me estremeció: Franz, historia de un gusano (“Encontré a Franz Kafka en la Plaza San Martín, borracho, todo sucio de manzanas podridas…”). A su autor ya lo conocía o, mejor dicho, yo ya sabía algo de él. En 1971, estando en Trujillo, leí en el diario La Crónica la columna de un periodista -cuyo nombre no recuerdo- en que hablaba de su visita al Festival “Contacta” que, ese año, se había realizado en el Parque Neptuno, y contaba el autor de la nota que –entre otras cosas- lo que le impresionó de manera especial fue la presentación de un poeta, jovencito aún (“apenas salido de la secundaria”, puntualizó, si mal no recuerdo) que leyó poemas con notable emoción; el columnista transcribió uno de aquellos poemas, en el cual el poeta hablaba de la Guerra de Vietnam y aludía a los helicópteros llamándolos “libélulas”. ¿Quién era ese novel hacedor de versos? Pues, Juan Carlos Lázaro.[1]
Poco tiempo después conocí a Gustavo, y nos hicimos amigos. Y con el primer número de su revista (y a veces también con el cliché o plancha de imprenta en que aparecía el nombre de la publicación, y que Gustavo llevaba bajo el brazo) caminamos y caminamos duro y parejo por las calles de esta Lima (dizque “horrible”), entrando en librerías y academias de preparación preuniversitaria, ofreciéndola con entusiasmo a jóvenes y viejos que –era inevitable, creo- nos miraban con algo de curiosidad perversa, como a bichos raros (¡poetas!), pero terminaban medio extasiados con la oratoria almibarada de Gustavo. Nosotros, con alma de adolescentes, por supuesto que seguíamos adelante. [2]
(La tortuga ecuestre no solo se hizo conocida en nuestro medio, también en México tenía lectores. Mario Santiago Papasquiaro, el poeta de Zarazo, la revista que tiempo después, en 1975, dio paso al Infrarrealismo (con Roberto Bolaño, el mismo Mario, Rubén Medina y otros) ya lo tenía en sus manos. Y en carta de abril de 1974 me preguntó a su manera, por ella: "(¿qué ondas? Con Gamarra, JÁUREGUI, durand, rupay, armijos/ ¿siguen dando guerra "eros & "tortuga ecuestre"?/ Infórmame de ellos/ & si pueden/ & están interesados ¡Qué formalidad!---> madame bobary) que escriban...")
¡Qué linda edad la que vivimos, caracho! Incursiones en El Palermo, que ya estaba por acabarse; encuentros frecuentes en el Wony, en el Tívoli. Juan Ramírez Ruiz, en Ancash 444 y luego en Rufino Torrico y otra vez en Ancash. Hora Zero. Víctor Humareda; Manuel Morales; Guillermo Mercado; Róger Contreras, con "Girángora". Los discursos a veces amenazantes de Juan Velasco Alvarado (“¡Faltarán postes para colgar a los contrarrevolucionarios!”). Led Zeppelin, Quilapayún, Cuesta Arriba. Pound, Eliot, Lezama Lima, Cardenal; y algunos negando inútilmente a Vallejo. Sueños. Esperanza. La tortuga ecuestre, trotando.
Y su trote continúa. Y no creo equivocarme si afirmo que en La tortuga ecuestre han aparecido todos los poetas (“habidos y por haber”) de nuestra impredecible comarca, de las generaciones posteriores a 1960, y siguen apareciendo (poemas míos fueron publicados allí en cuatro oportunidades; la primera, en setiembre de 1974, y la última hace poquito).
Una revista, repito, extremadamente sencilla (“minimalista”, creo, es la palabra que usan los entendidos): apenas un par de hojas A-4 dobladas en dos y engrapadas (acaso emulando el formato de Haraui, la revista que desde 1963 publicaba Francisco Carrillo), porque no hace falta más, porque la poesía no necesita más: no tiene que ser envuelta en papel celofán o enmarcada en pan de oro: vale en sí misma y por sí misma, y más, mucho más, si sus condiciones son de humildad; y esto lo sabía y lo sabe Gustavo, y todos los poetas lo sabemos. Por eso, a muchos les regocija ver sus poemas publicados en La tortuga ecuestre, aunque de la boca hacia afuera quieran negarlo.
Tengo que decir -con absoluta sinceridad- que es realmente valiosa y admirable la labor de Gustavo Armijos: a pesar de ventarrones y baches, sigue adelante, imperturbable y vigoroso. Y esto merece reconocimiento, sin ninguna duda. Pero, la verdad: con o sin reconocimiento, este poeta piurano (autor –entre otros libros- de los poemarios Retrato humano, Celebraciones de un trovador, Liturgia de la Vigilia, Tierras del exilio, En esta vieja ave & otros poemas) está y estará siempre allí: en nuestra historia literaria, como el jinete (¿o chalán?) impenitente de este longevo “quelonio de papel” que desafía incluso las leyes de la cronología (si no me creen, sepan esto: estamos en el año 2017, pero La Tortuga ecuestre ya cabalga en los prados del año 2018). Surrealismo, pues, pero real y vívido. Cómo no: cosas de poetas, señores; cosas de la poesía.
¡Un abrazo, querido Gustavo!
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[1] También fueron publicados, en aquel número 1, poemas de Elías Durand, de quien se decía en la notita de pie de página que trabajaba un poemario llamado “Emergencia en el basurero”; de Santiago López Maguiña, que anunciaba un libro inédito, “Desayuno en la cama”; de Gustavo, entonces estudiante de ciencias administrativas; y de Isaac que, repito, fungía de director.
[2] (Hace poco escribí un poema en el que digo: “Éramos adolescentes bellos / y andábamos con pasos firmes casi en trote / nuestras palabras tenían signos de exclamación y el grito / nos daba esplendor / como girasol vigilando a las nubes…”)